En un claro día del mes de octubre de 1880 un joven vestido con un elegante traje de caza estaba sentado en la linde de uno de esos hermosos encinares que cubren con su fresca sombra las primeras pendientes del Jura. Un perro podenco de color marrón, echado entre las matas a algunos pasos de su dueño, le miraba con ojos atentos, como si le preguntase si se irían en seguida.
El cazador no parecía muy dispuesto a reemprender inmediatamente la cacería. Había apoyado su escopeta en el tronco de un árbol, arrojado el morral vacío en el borde de la cuneta, y, de espaldas al sol y con el mentón en la mano, dejaba errar su mirada sobre el admirable panorama que se extendía ante él.
Felipe Derblay
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