A pesar de que ya en el siglo XVIII pueden encontrarse, lo mismo en
Francia que en Inglaterra y Alemania, ejemplos de novelas históricas, el
pleno desarrollo de este género se debe al romanticismo. Lo que se ha
llamado «la fiebre de la novela histórica» fue producto de la influencia de
Walter Scott, sobre todo a partir de Ivanhoe (1819). A poco este novelista
es traducido, adaptado e imitado en España y América. De 1834 son
Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar, de José de Espronceda, y El
doncel de don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra. La
literatura narrativa mexicana de la época del romanticismo descubre bien
pronto una rica mina de asuntos en nuestra historia colonial. Pero, en
lugar de la novela voluminosa, se ensaya en los relatos cortos, como en
José Gómez de la Cortina, La calle de don Juan Manuel y José Joaquín
Pesado, El inquisidor de México (ambos de 1835) y en Ignacio
Rodríguez Galván, La hija del inquisidor (escrita en 1836 y publicada en
1837). Sobre un tema americano de la conquista escribió José María
Lafragua su Netzula (1832) que, con excepción del Jicoténcal, publicado
anónimamente en Filadelfia (1826), y el del Xicoténcal, príncipe
americano (Valencia, 1831), del español Salvador García Vahamonde, es
la primera narración en prosa sobre un tema americano. Alrededor de un
tema colonial Justo Sierra (padre) había publicado en folletín
(1848-1850) su interesante novela La hija del judío. Casi veinte años
después entraba Vicente Riva Palacio en el mismo campo con la novela
Monja y casada, virgen y mártir.
Las dos emparedadas
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