GUILLERMO VA AL CINE
La culpa de lo que vamos a contar la tuvo la tía de Guillermo. Estaba de buen
humor aquella mañana y regaló al niño todo un chelín por haberse encargado de
echarle una carta al correo y de llevarle unos paquetes.
—Cómprate unos caramelos o vete al cine —le dijo la tía al darle el dinero.
Guillermo bajó por la calle mirando, pensativo, la moneda. Tras complicados
cálculos mentales, basados en el hecho de que un chelín equivale a dos monedas
de seis peniques, llegó a la conclusión de que podía permitirse el lujo de hacer
las dos cosas que le habían propuesto.
En cuestión de caramelos, Guillermo tenía un criterio cerrado. El chico
opinaba que la cantidad era de más importancia siempre que la calidad. Por
añadidura, tenía catalogadas todas las confiterías de una legua a la redonda.
Sabía cuál de ellas era espléndida y no escatimaba caramelos, aunque
excedieran un poco del peso debido, y también cuál era la confitería que se
atenía exactamente a lo que se pedía, de acuerdo con el fiel de la balanza.
Travesuras de Guillermo
$3.990
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