A fuego lento

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En la novela A fuego lento, se traza un cuadro esperpéntico, y
Bobadilla, enrolado en el positivismo naturalista, no desperdicia la
ocasión para resaltar irónicamente todo lo que ve. A fin del siglo XIX
Barranquilla había pasado a ser vertiginosamente de un pobre
asentamiento ribereño a puerto principal de Colombia. Pese al
analfabetismo, las revoluciones y el ir y venir de las facciones
políticas, para los exaltados locales merecía calificativos
altisonantes como «La Nueva York de Colombia», «La Nueva
Barcelona», «La Nueva Alejandría». Tenía varios cines, e incluso las
compañías de ópera italianas y las de teatro españolas se
presentaban allí antes de emprender giras al interior del país. A ese
lugar azotado por aguaceros prodigiosos y pegajosos calores
tropicales llega el doctor Eustaquio Baranda, un exiliado dominicano
que ha estudiado medicina en París. Como proviene de una
civilización refinada resulta atractivo para las notabilidades locales,
las mismas que no tardan en buscar su caída despechadas por su
aparente frialdad y por el hecho de que el doctor ha conquistado los
favores de Alicia, una atractiva y sensual mestiza apetecida por uno
de los prohombres lugareños. Esta circunstancia lo obliga a volverse
a París –con Alicia–, donde transcurren la segunda y tercera parte.
Allí los excesos tropicales se transforman en explosiones ocultas: el
apetito social de Alicia –exaltado por el dinero y las joyas y bajo la
influencia provinciana y de mal gusto de los antiguos conocidos de
Ganga, también emigrados a París– frustran el deseo del doctor de
ser un parisino más, lo que termina por enfermarlo y provocar su
muerte a pesar de la presencia balsámica de «la otra», una francesa
fina, culta, delicada y distinguida a la que el doctor Baranda renuncia
por no tener el valor de separarse de Alicia. Así muere «a fuego
lento», y de ahí el título de la novela

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