UN DÍA LABORIOSO
Guillermo se despertó y se frotó los ojos. Era el día de Navidad, el día que
había estado aguardando, con encontrados sentimientos, desde hacía dos meses.
Era un día muy alegre, naturalmente, día de regalos, de pavos, de sorpresas, de
acostarse tarde… pero también era día en que se reunían demasiados parientes y
le exigían a uno demasiado. Eso sin contar con que el singular gusto de que
daban muestras los que daban los regalos, servía, con frecuencia, para aguar la
fiesta.
Miró a su alrededor con expectación. En la pared, enfrente mismo de su
cama, vio un cartel grande, iluminado, cuya leyenda decía: «Un día laborioso es
un día feliz». Aquel cartel no había estado allí el día anterior. Rosas de brillante
colorido, nomeolvides y madreselva aparecían entrelazadas a las palabras.
Guillermo pasó revista, mentalmente, a las tres tías que estaban pasando las
fiestas en su casa y se lo achacó a tía Lucía. Frunció el entrecejo y miró el
cartelito con aire dubitativo. Desconfiaba del sentimiento expresado en el cartel
en cuestión
Guillermo el incomprendido
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