LOS PROSCRITOS
Guillermo, Enrique, Pelirrojo y Douglas (conocidos bajo el nombre de «Los
Proscritos»), caminaban, lentamente, en dirección al colegio.
Era una tarde muy hermosa —una de esas tardes en que a uno le parece (a los
Proscritos desde luego les parecía)— una ingratitud pasársela encerrado entre
cuatro paredes. El sol brillaba y los pájaros cantaban invitadores.
—«Jometría» —dijo Guillermo con desdeñoso énfasis. Y repitió
amargamente—: «¡Jometría!».
—Peor pudiera ser —dijo Douglas—; pudiera ser latín.
—Mejor podría ser —dijo Enrique—; podría ser cantar.
A los Proscritos les gustaba la clase de canto, no porque fueran musicales,
sino porque no requerían esfuerzo mental alguno y porque el profesor de canto
no sabía imponer disciplina.
—Pudiera ser algo mejor aún —observó Pelirrojo—; pudiera no ser nada.
Los Proscritos aflojaron el paso, ya flojo de suyo, y su mirada, erró, con
nostalgia, hacia esas cimas, pobladas de pinos, que tan invitadoras se veían, en la
lejanía.
Guillermo el proscrito
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