Esta historia, algo frívola, fue creada como interludio entre relatos de un
diseño más serio, y se le ha dado el subtítulo de comedia para indicar, aunque no
con mucha precisión, el objeto de su desarrollo. Los incidentes no fueron
acomodados de acuerdo con su alto grado de probabilidad y se esperaba del lector
cierta ligereza de humor, que le despertara la buena voluntad de aceptar este
producto con el mismo ánimo con el que es ofrecido. Aun así, la intención es que
los personajes sean consistentes y humanos.
Debido a estas intenciones (en particular, por su tendencia a lo inesperado,
ese pecado imperdonable a los ojos del crítico, y porque el antecedente de
Ethelberta era un mero cuento rural), [1] la novela tuvo dificultades en su primera
aparición, quizá merecidamente [2]. Es más, de acuerdo con el vehículo de elección
y la perspectiva adoptada, puede decirse que se ocupó de una tarea delicada:
promover el interés en un drama, si es que en este caso puede utilizarse tal nombre
digno, en el que los sirvientes fueran tan o más importantes que sus amos; donde el
esbozo del salón proviniera muchas veces del vestíbulo de los sirvientes. Es posible
que ahora semejante inversión del proscenio social sea mejor acogida y que los
lectores, incluso aquellos de la más fina pasta, estén dispuestos a perdonar a un
escritor por mostrar a los hijos e hijas del señor y la señora Talporcual bajo una luz
amable.
La mano de Ethelberta
$3.990
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