He pasado toda mi vida en el campo.
En 1881 vine a vivir en Moscou, y la miseria que reinaba en esta ciudad me
llenó de admiración. Conocía lo que era la indigencia en los pueblos; pero la de
las ciudades me era absolutamente desconocida, y no podía explicármela.
Es imposible salir a la calle en Moscou sin encontrar a cada paso mendigos,
pero mendigos de un tipo particular, que no se parecen en modo alguno a los de
los pueblos.
Éstos van cargados con las alforjas y tienen constantemente en los labios el
nombre de Cristo: aquéllos, por el contrario, ni llevan alforjas ni piden limosna.
Los más, cuando os ven, cruzan su mirada con la vuestra y, según el efecto que
les producís, u os piden limosna o pasan de largo.
Lo que debe hacerse
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