En el mundo entero se produjo una explosión de risa. Ciertamente, la captura de Arsenio Lupin provocó gran sensación, y el público no le regateó a la Policía los elogios que ésta merecía por esa revancha tan largo tiempo esperada y tan plenamente obtenida. El gran aventurero había sido apresado. El héroe extraordinario, genial e invisible, languidecía como los demás presos entre las cuatro paredes de una celda de la prisión de la Santé, aplastado a su vez por esa potencia formidable que se llama Justicia, y que, pronto o tarde, fatalmente, derriba los obstáculos que se le interponen y destruye la obra de sus adversarios.
Y todo eso fue dicho, impreso, repetido, comentado y remachado. El prefecto de Policía recibió la condecoración de la Cruz de Comendador, y el señor Weber, la Cruz de Caballero. Se exaltó la habilidad y el valor de sus modestos colaboradores. Se aplaudió. Se cantó victoria. Se escribieron artículos y se pronunciaron discursos.
Sea. Pero, no obstante, hubo algo que dominaba ese maravilloso concierto de elogios, esa alegría trepidante, y fue una risa loca, enorme, espontánea, inextinguible y tumultuosa.
¡Arsenio Lupin, desde hacía cuatro años, era el jefe de la Seguridad!
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