Misa de Gallo y otros cuentos

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Son las once de la mañana.
Doña Augusta Vasconcelos está reclinada sobre un sofá con un libro en la mano. Adelaida, su hija, acaricia con los dedos el teclado del piano.
—¿Ya despertó papá? —pregunta Adelaida a su madre.
—No —responde ésta, sin alzar los ojos del libro.
Adelaida se levantó y se acercó a Augusta.
—Pero es tan tarde, mamá —dijo—. Son las once. Papá duerme demasiado.
Augusta dejó caer el libro en el regazo, y dijo mirando a Adelaida:
—Es que ayer se acostó muy tarde.
—Ya me he dado cuenta de que nunca puedo despedirme de papá cuando voy a acostarme. Siempre está afuera.
Augusta sonrió.
—Eres una campesina —dijo—, te acuestas con las gallinas. Aquí las costumbres son otras. Tu padre tiene asuntos para atender en las noches.
—¿Asuntos de política, mamá? —preguntó Adelaida.
—No sé —respondió Augusta.
Comencé diciendo que Adelaida era hija de Augusta, y esta información, necesaria en la historia, no lo era menos en la vida real en que sucedió el episodio que voy a contar; porque a simple vista nadie diría que se trataba de madre e hija; parecían dos hermanas, tan joven era la mujer de Vasconcelos.

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