«Por poco que se piense, qué difícil es abandonar la vida», le dice con dolor y resignación una vieja mujer, recluida en una ermita, a dos jóvenes que buscan su consejo para entender los misterios del amor. Corrompida por el tiempo inmisericorde, aquél que según la narradora extingue todo excepto los nombres, la mujer recuerda los miles de lechos que compartió, el sinfín de corazones que encendió y cuenta, sin ahorrar detalle alguno, cómo su vida sucumbió desde que su cuerpo era como el retoño más hermoso de la flor del cerezo, hasta los círculos más siniestros de las que comercian con su cuerpo.
Víctima de su propia virtud, nuestra protagonista entiende desde muy joven que su cuerpo puede ser un vehículo para vivir (cuán cuesta abajo el vehículo podría rodar, no lo habría de entender sino hasta muy tarde). Obligada a dejar su casa para saldar una deuda contraída por su padre, verá desfilar ante sus ojos la inmensa codicia de los hombres y padecerá en cuerpo y alma el descenso desde la más alta estirpe de las cortesanas hasta el inframundo de su profesión.
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